22-Abril-2058
El diario de Alexander Lem
Nunca antes había estado tan cerca de maestre Long como hoy, siempre lo había visto de lejos, y había escuchado su voz en megáfonos o altavoces. Lo cierto es que nunca fue un personaje de mi agrado, sé todo lo que significa para la colonia, no obstante siempre sentí hacia él una especie de repulsión. Digamos que siempre he pensado que es ese tipo de persona que persigue el poder, que necesita mandar para sentirse vivo, y que conste que no pongo ni un segundo en tela de juicio todo lo que es y ha sido, simplemente no disfruto cuando alguien tan sediento de mandato controla aspectos de mi vida. Y maestre Long lo hace, de mi vida, y de la del resto de borregos, de la del resto de artilleros, zapadores y escudos. Es, probablemente, la segunda persona con más poder de la colonia. Controla la F.A.D. (Fuerzas Armadas de Defensa).
Esta mañana cuando llegamos Soria y yo, algo más tarde de lo que deberíamos, para variar, maestre Long ya se encontraba allí, por supuesto fue una sorpresa, pero no dejamos que se nos notara. Nos aproximamos a las taquillas, y allí estaban ya todos los muchachos. El resto de mañanas hubieran sido un sinfín de golpes de taquilla y murmullos, hoy no se escuchaba nada, sólo la conversación entre maestre Lagos y maestre Long, al parecer no era yo el único interesado.
No fue una visita oficial, era sabido por todos que maestre Long había sido el tutor de maestre Lagos, como él lo era ahora nuestro. Charlaron durante casi 20 minutos, sobre salud, sobre el emplazamiento de la nueva colonia, e incluso sobre el tiempo. Por la voz y la forma de hablar era obvio que maestre Lagos respetaba a su antiguo tutor, y ese respeto, quizás hizo que viera a maestre Long de otra forma. Incluso admito que sentí algo de envidia, ¿sería yo algún día como mi tutor?, es decir: ¿estaría yo allí de pie, charlando con maestre Lagos, teniendo mi propio grupo de borregos, siendo útil para la colonia y todo eso? Pero mientras todo esto cruzaba por mi mente, quizás sin quererlo me di cuenta de algo, después de tanta charla ninguno de los dos había sonreído. Quiero suponer, es más, deseo suponer, deseo creerme, que después de tantos años juntos, tantos años del respeto que se mostraban, nace una fuerte amistad, una fuerte amistad que ellos, lamentablemente, no nos proyectaban. Definitivamente no envidio lo que ellos tienen, si algún día estoy de pie con mi viejo tutor charlando, deseo ser su amigo, deseo reírme como si me fuera la vida en ello.
La cacería fue todo un fracaso. No encontramos nada, pero maestre Lagos no parecía diferente: hacía su trabajo, como cada día. Duro, poco hablador, y con un ritmo jodídamente rápido. Cuando regresamos a la base desapareció. Supongo que tendrá cosas en las que pensar, cosas que recordar, quizás, después de todo, la visita de maestre Long le trajo recuerdos, quizás, ojalá, logre que algún día me los cuente.
Soria desapareció también por la tarde, anda detrás de alguna chica, como siempre. Yo preferí quedarme en el barracón leyendo, y en menor medida, escribiendo. Aún conservo los libros de mi época de estudiante, antes de decidir que quería ingresar en la F.A.D., me gustaría saber qué hubiera sido de mí si hubiera decidido seguir mi vida académica. ¿Sería historiador?, ¿profesor?, ¿político? Dudo que me hubiera inclinado hacia la vida política, pero antes de la muerte de mis padres y mi hermana ¿quién me hubiera dicho que sería artillero?
Comienza a llegar gente al barracón, supongo que gastaré lo poco que queda de día charlando un poco.




