23 - Abril - 2058
El diario de Alexander Lem
Hoy ha llovido, me encanta cuando lo hace, por muchas razones, quizá la más importante sea que es extrañísimo ver "bultos" un día de lluvia, sólo Dios sabe por qué. Se ocultan como cucarachas. Desearía que estuviera siempre lloviendo, y no tener que volver a ver a uno de esos engendros, pero me temo que mi plegaria no llegará a buen puerto, mañana el sol habrá salido de nuevo, y con él, esos esbirros del demonio.
Me despertó el sonido de la lluvia contra la ventana. Me cuesta mucho imaginarme una forma mejor de despertarse que no incluya una mujer en la ecuación. Hoy no tuvimos caza, por lo que todos aún seguían en sus camas, la mayoría tapados hasta las orejas, y con poca expectación de despertarse temprano.
Me extrañó que los que estaban haciendo la guardia en el barracón no me prestaran atención por salir con aquella lluvia, más tarde me percaté de que estaban más interesados en las dos fundas que traían consigo el pelotón nocturno. Parece ser que el grupo del maestre Ayose tuvo una muy mala noche. Dos cadáveres, y tengo entendido que su grupo ya era minúsculo anteriormente. Una pena, pobres muchachos, nadie se merece un final así. Siempre me ha caído bien el maestre Ayose, es un tutor bastante agradable, al menos comparado con otros. Durante mi adiestramiento en muchas ocasiones tuve que luchar contra él. En una ocasión, involuntariamente golpeé su "zona frágil", cuando al rato tuvo fuerzas para levantarse me disculpó enseguida, si se hubiera tratado del maestre Dork, o del maestre Danzer, hubiera estado fregando letrinas durante varios meses.
Me alejé todo lo que pude, sin salir de la colonia, lo cual no es mucho. Encontré una especie de cueva minúscula en la roca, y allí me acomodé como pude para poder seguir escuchando el sonido de la lluvia, que en aquel instante estaba aumentando. Me puse a pensar en mil cosas al mismo tiempo, como lo poco que me queda de borrego en los artilleros, si es que lo logro, puesto que ver escenas como la de las fundas no es nada agradable, y hace que el ánimo acabe por los suelos. No pude evitar pensar en las familias de aquellos dos muchachos, que si aún seguían con vida, serían informadas mediante una triste carta. Cuesta creer, que con los pocos que somos, aún hoy día se den este tipo de noticias con una carta, siempre he creído que eso multiplicaría el dolor, es más, se me ponen los pelos de punta de pensar en una madre, que abre asustada la carta, y confirma sus sospechas: su hijo ha muerto, ha perdido lo único que la ataba a esta mísera vida, a este calvario. Una mujer que levanta la mirada y no tiene nada a lo que agarrarse, sólo ese sobre de la F.A.D. que huele a muerte. No lo puedo soportar.
Lo cierto es que no la oí llegar, menudo entrenamiento el mío. Después de todo aquel aluvión de pensamientos en su mayoría fúnebres apareció una compañera que parecía necesitar tanto o más que yo mi recién hallada cueva. No sé cual de los dos se sorprendió más de encontrar al otro allí. Estaba llorando, y no lo digo por las lágrimas, que doy fe que debían existir, pero se camuflaban muy bien entre las gotas de lluvia que corrían por todo su rostro. Lo digo por el rojizo tono de sus ojos, que competía con el logotipo rojo de su uniforme de la FAD. Su primer impulso fue marcharse, el mío fue decirle: "te mojarás". Muy en cierta medida, es un comentario estúpido, por supuesto que se mojará, es más, ya estaba mojada, de arriba a abajo, pero lo cierto es que aquel comentario estúpido hizo que se quedara. Se sentó a varios palmos de mí, con la cabeza apoyada en sus rodillas, y allí continuó llorando durante bastante tiempo. Yo no sabía qué hacer, pensé que lo más apropiado sería irse, pero no lo hice. También pensé darle mi chaqueta, pero tampoco lo hice. Mi hermana Helen solía decir que si no se sabe lo que se debe hacer, mejor no hacer nada, y a eso me acogí, no hice absolutamente nada, ni tan siquiera mirarla. Y ella fue la primera en hablar.
Sinceramente, me siento incapaz de reproducir tal cual la conversación como fue, no obstante haré lo que pueda, y supongo que no se me olvidará nada importante.
- Disculpa - dijo, mientras se secaba las lágrimas - no sabía que estuvieras aquí.
- Oh no, disculpa tú - dije atropelladamente, llevaba mucho tiempo conteniéndome y ahora las palabras salían a borbotones por mi boca - no sabía que solieras venir a este lugar, sólo estaba resguardándome de la lluvia, siento haberte incomodado.
- No, en absoluto - de nuevo se hizo un largo silencio, pero al rato, continuó hablando - No vengo mucho por esta zona, suelo ir más allá de la arboleda.
- ¿Más allá?, pero eso está fuera de los límites de la colonia…
- Si…
Y otro incómodo silencio más, menuda conversación de besugos. De repente caí: Esta muchacha debía ser pariente de alguno de aquellos dos muchachos que habían perdido la vida la noche anterior. En aquella ocasión fui yo el que rompió el silencio.
- ¿Estás… bien? - me sentí un completo imbécil haciendo esta pregunta, por supuesto que no se encontraba bien, pero mi curiosidad era superior a mi instinto de parecer inteligente.
- Yo… no, no, en absoluto, yo… hoy… - se tapó la cara con la palma de las manos, y me sentí fatal, como si fuera la peor cosa que hubiera hecho en mi vida, afortunadamente contestó - ayer murió mi padre.
- Lo siento muchísimo, de verdad - ¿Su padre?, pensé, ¿cómo es posible?, no hay novatos que ronden los cuarenta.
De repente, ¡pum!, se hizo la luz, o más bien las tinieblas, en mi cabeza de granito.
- ¿El maestre Ayose? - pregunté casi sin poder ni querer creérmelo, por varias razones. Primero: es muy extraño que caiga un maestre, y más teniendo en cuenta que las misiones y zonas encomendadas a los grupos de los maestres son las más sencillas, debido a nosotros los borregos. Segundo: esta muchacha era claramente asiática, y el maestre Ayose tenía de asiático lo que mi tutor de novato.
- Si - ella respondió sin que apenas se le oyera.
- Dios santo, no me lo puedo creer, lo siento muchísimo.
Los días que empiezan demasiado bien se tuercen pronto. Cientos de kilos de duro pesimismo se habían echado a mis espaldas, no quería ni imaginar lo que tendría que sentir ella.
- Tu padre era una estupenda persona - logre decir, saliendo de mi estado de sorpresa inicial.
- ¿Lo conociste? - por primera vez me miró a los ojos, repentinamente su cara emergió de entre sus manos y se fijó en mí.
- Sí, fue uno de mis adiestradores. Es uno de los maestres de los que guardo mejor recuerdo. - Por la cara que puso, supongo que le gusto mi comentario.
- Maestre Long me visitó esta mañana, y me lo comunicó, me dijo que mi padre había muerto, y que sin dudarlo, con el tiempo superaría su pérdida… ¿cómo se le ocurre decir algo así el mismo día que conozco la noticia? ¡no soporto a este tipejo!
- Yo tampoco lo trago, me parece demasiado embaucador, muy falso… - estaba a punto de despacharme a gusto sobre el primer maestre junto a una desconocida, decidí echar el freno.
- Es un imbécil, un gordo, un inútil, un borracho - ella decidió no echarlo - un lameculos, un destripacerdos…. - me miró, y ambos sonreímos de la retahíla de insultos, su sonrisa no duró demasiado, pero me encantó.
Poco a poco comenzaba a dejar de llover, y se respiraba ese olor a tierra mojada tan especial después de una buena lluvía. Nuevamente fui yo quien rompió el silencio.
- El tiempo no hará que olvides lo que sientes ahora mismo - Ella no contestó, sólo me atendió - Sólo hará que transformes lo hay en tu interior, para bien o para mal.
- ¿Has perdido a alguien? - me preguntó, interesada.
- A mis padres, y a mi hermana, hace ya bastante tiempo.
- Lo siento muchísimo - se volvió a llevar las manos a la boca, y se quedó mirándome con un encantador gesto de pena.
- No te preocupes - contesté.
Un silencio más, es como si nos hubiéramos enfrentado dialécticamente por asaltos. Y después de un corto plazo de tiempo, como en toda conversación improvisada, lo que tuvo que ir al principio se decanta por ir al final.
- Mi nombre es Yaiza - dijo, tendiéndome la mano.
- Yo soy Alex.
Fue un extraño estrechamiento de manos, firme, y a pesar del frío ambiente, cálido. Duró sólo un instante, pero en cierta medida fue una eternidad. No me andaré por las ramas, me gustó. No obstante algo que no funciona bien en mi interior pensó que obraba mal de alguna manera, su padre acababa de morir, y ahí estaba yo, sintiéndome atraído por ella, olvidando su dolor. Y por estúpido que parezca, eso hizo que soltara su mano.
Poco después se marchó, como había llegado, prácticamente sin darme cuenta. Pobre muchacha, seguramente será ella la que tendrá que dar la horrible noticia a su madre. Lo siento enormemente por ella.
Cuando volví al barracón aún nadie conocía la noticia. Al llegar me encontré con Soria, que me dijo algo parecido a esto:
- ¿Dónde has estado, huevón?
- En el sitio en el que debía estar - contesté. Pidió explicaciones a mi comentario, pero no se las di, preferí mantener lo ocurrido hoy para mí.
En el momento en el que estoy escribiendo esta entrada en mi diario parece ser que ya todos conocen la noticia. Maestre Ayose fue una gran persona, a pesar de que no mantenía ningún contacto con él actualmente… lo echaré de menos.




